Texto: 2do. Reyes 6:1-7

«1Los hijos de los profetas dijeron a Eliseo: He aquí, el
lugar en que moramos contigo nos es estrecho. 2Vamos ahora al Jordán, y tomemos de allí cada uno una viga, y hagamos allí lugar en que habitemos. Y él dijo: Andad. 3Y dijo uno: Te rogamos que vengas con tus siervos. Y él respondió: Yo iré. 4Se fue, pues, con ellos; y cuando llegaron al Jordán, cortaron la madera. 5Y aconteció que mientras uno derribaba un árbol, se le cayó el hacha en el agua; y gritó diciendo: ¡Ah, señor mío, era prestada! 6El varón de Dios preguntó: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar. Entonces cortó él un palo, y lo echó allí; e hizo flotar el hierro. 7Y dijo: Tómalo. Y él extendió la mano, y lo tomó.»

INTRODUCCIÓN

En esta ocasión, nos referiremos a un suceso protagonizado por el gran profeta Eliseo.

Su nombre significa «Dios es salvación», fue ungido como sucesor del gran profeta Elías, de quien fue un fiel discípulo (1R 19:16-21); tuvo un largo ministerio durante los reinados de Joram, Jehú, Ocozías, reyes de Israel; realizó diversos milagros (2R 4-6). Los
registros de las Sagradas Escrituras mencionan muchos milagros más de Eliseo que de Elías. Y este milagro del hacha es uno de ellos.

Al ir leyendo el relato bíblico de las obras de Eliseo nos daremos
cuenta de que siguen una línea de grandeza: Eliseo predice la victoria sobre Moab, un asunto de importancia nacional; Eliseo abastece de alimento a una viuda de profeta, un maravilloso acto de misericordia; Eliseo predice el embarazo de una mujer y pocos años después resucita a ese hijo; Eliseo limpia una comida envenenada, salvando de la muerte a los de la escuela de profetas; Eliseo sana de lepra a un general del ejército sirio. Después de nuestro pasaje leído tenemos la espectacular experiencia cuando Dios abre los ojos espirituales al sirviente de Eliseo, y finalizando este recuento de las obras de este profeta,
leemos sobre el sitio de Samaria. Y en medio de todas estas proezas celestiales encontramos al inicio del capítulo seis que «Eliseo hace flotar el hacha», produciendo una discontinuidad en la secuencia del estilo de los milagros.

Estamos claros de que realmente fue un milagro. No podemos atribuir al palo echado al agua como el responsable de que el hierro flotara; no, fue el poder de Dios a través de un poderoso siervo suyo quien pudo hacer nadar el hierro pese a la densidad de éste, cuyo peso específico es casi ocho veces mayor que el del agua.

Los comentaristas bíblicos concuerdan en que este relato muestra el cuidado amoroso de Dios sobre los que confían en Él, aun en los asuntos que pudieran considerarse insignificantes o sólo vinculados
con la vida doméstica. También nos muestra a un siervo de Dios, un profeta santo, un líder espiritual que pese a su grandeza nunca
desprotege a quienes están bajo su cuidado y les prodiga tiempo y
atención. ¿Por qué el escritor bíblico permite que este milagro quede inserto aquí en las Sagradas Escrituras? ¿Qué mensaje nos quiere dar el Espíritu Santo? ¿Qué enseñanza hay en esta breve historia que pueda afectar nuestras vidas, de tal manera que produzca un cambio en ellas?

Volvamos al relato.

El colegio que aquí se habla parece ser el de Gilgal, que estaba cerca del Jordán; es muy probable que donde fuera Eliseo, acudiesen a él muchos «hijos de los profetas», jóvenes que querían
aprender de él, de sus consejos, de sus intrucciones. Eran muchos los que querían estar con él; por lo cual, el lugar donde vivían se les hizo pequeño. Fue así como estos varones rogaron al profeta que les acompañara al Jordán para cortar vigas y así poder ampliar la vivienda. El pasaje dice que fueron y descendieron al Jordán a cortar la madera, pero mientras uno derribaba un árbol se le cayó el hacha en el agua y gritó: «¡Ah, Señor mío, era prestada!», se desesperó porque se le había caído el hacha al río y pidió ayuda al profeta Eliseo, pues debía recuperar la herramienta, porque no era suya. Acto seguido el profeta le pidió que le indicara dónde había caído el hacha para sacarla.

Mis amados visitantes, quiero invitarles a que apliquemos este pasaje a nuestras vidas, para que el Espíritu Santo nos ayude a recuperar aquello que hemos perdido.

El hacha es una herramienta de trabajo, sirve para cortar, está compuesta por una parte de hierro y una de madera (tal vez algún tipo de plástico muy duro, en la actualidad), ambas partes dependen la una de la otra y sólo juntas son de gran provecho para quien las utiliza; pero esto sucederá sólo si está en buenas condiciones, pues si el hacha no tiene filo, no podrá cortar. Los jóvenes necesitaban vigas para ampliar la vivienda y así poder vivir en mejores condiciones, por ello fueron al Jordán a talar algunos árboles, pero si sus hachas no hubiesen estado afiladas no habrían podido cortar ni siquiera una rama, no importa cuanto esfuerzo y horas hubieran dedicado.

El hacha sin filo no sirve como herramienta de trabajo. De la misma manera, un hijo de Dios sin la unción del Espíritu Santo no sirve como herramienta en Sus manos ; Él nos quiere usar para construir vidas, para restaurar templos destruidos, pero sin el filo de Dios, sin Su irremplazable unción, sin Su gracia divina seremos como un palo de madera o de plástico golpeando un árbol para ver si cae.

Tal vez, como estos hijos de los profetas has perdido «el filo», en algún momento de tu carrera perdiste esa gracia, ya no eres el mismo de antes; te estará pasando esto ahora, ya no te interesa tanto orar como antes lo hacías, ya no amas como antes amabas, ya no perdonas como antes perdonabas, algo en ti se ha perdido en algún lugar, se te cayó lo que Dios te prestó (porque es prestado, para que lo utilicemos para Su gloria). Esos dones, esos talentos, esos ministerios que Dios puso en ti fueron para que tú los uses, los trabajes, pero tú los perdiste, se te han caído al río, y El te pedirá cuenta de tu trabajo.

«El varón de Dios preguntó: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar.» De la misma manera en que Eliseo lo hizo con aquel joven, el Señor Dios hoy te pregunta dónde se te ha caído el filo, donde perdiste esa unción, esa gracia que había en ti. ¿Dónde está tu ministerio? ¿Dónde está aquello que un día estaba en tu corazón? Lo que había en tu vida puesto por Dios ya no está, lo has perdido, se ha ido, se te ha caído al río y tú te desesperas porque ya no eres el mismo. Empezaste bien, al comienzo estaba todo bien, pero a mitad de camino, te desviaste, a mitad de camino se te engrosó el corazón, te turbaste, el enemigo te salió al camino y te desvió, y ya no eres el mismo. Recuerdas lo que antes eras y lo que eres ahora, recuerdas cómo el Señor te usaba poderosamente con gracia, con unción y hoy haces grandes esfuerzos para poder explicar algo y por esfuerzo que hagas igual no hay gracia, igual no hay sabiduría de lo alto. Te has convertido en un hombre seco, árido, gruñón, así no sirves a los propósitos divinos. El que le sirve
a Dios es ese hombre apacible, dispuesto, agraciado; ese hombre que refleja incluso en su rostro la plenitud de Dios en su vida. Cuando está el filo de Dios en nosotros, cuando está la unción de Dios en nosotros somos útiles para todos los fines que Dios quiere usarnos, hay paz en el corazón, hay valentía, fuerza, el rostro es hermoso porque se refleja el amor de Dios.

Es imposible para el hombre que un pedazo de hierro pueda flotar. De la misma manera, es imposible que una persona pueda recuperarse en Cristo sin la ayuda del Espíritu Santo. Indica al Señor, vuelve tu rostro, mira hacia atrás y recuerda donde se te perdió el filo, donde se te cayó porqué y en qué ocasión lo perdiste
y señala al Señor Dios, pues lo que para el hombre es imposible para Dios será posible. No dejes que Satanás te engañe, Dios quiere que recuperes lo que has perdido.

Amada Iglesia de Jesucristo, esta es tu oportunidad, es tu hora, recupéralo, el Señor te invita a que tú le señales en qué momento de tu vida, en que lugar del río se te cayó lo que para el hombre es
imposible de recuperar, en qué lugar lo perdiste y Dios quiere darlo nuevamente. El Señor quiere que lo recuperes; para ti es difícil o ya imposible (lo has intentado tantas veces sumando fracaso tras fracaso), pero Dios lo hará posible, tus ojos lo verán y los que te conocen testificarán de lo que Dios ha hecho en ti. Si tú hablabas en lenguas, si antes el Señor te usaba con mucha sabiduría y ya no lo sientes igual, si tú antes predicabas con denuedo y unción celestial y ya no lo haces; señala al Señor dónde perdiste eso que hoy te está afectando . ¿Fue cuando dejaste de tener a Dios en primer lugar?, ¿fue cuando empezaste a confiar en ti mismo?, ¿fue cuando no te importó ser liviano para Dios, ser negligente, ser delicado? ¿Perdiste la unción del Señor cuando empezaste a poner oído a los chismes y a llevarlos a tu corazón?, o ¿fue cuando empezaste a estar tan ocupado en los asuntos de la obra de Dios que te olvidaste de Él? Tal vez empezaste a disminuir el tiempo de oración poco a poco ¡estabas tan ocupado en trabajos de la iglesia!, luego decidiste que el tiempo de escudriñar las Escrituras era el suficiente como para en unos minutos bosquejar un sermón y
listo, entonces empezaste a descender a caer y ya no eres el mismo.

Si quieres recuperarte como una herramienta útil para el Señor, si quieres ampliar tu vivienda, tu vida espiritual, si quieres hacerla más grande, entonces debes ir al Jordán, debes bautizarte como Jesús, debes descender, debes humillarte, debes llenarte del Espíritu Santo, debes sumergirte en Sus aguas, eso nos trae bendición; y al igual como hizo el profeta, te llevará al madero, a la cruz del Calvario. Vuelve tu rostro a Jesús, debes volver a él porque tú le has dejado, haz hecho las cosas a tu manera, si te vuelves a Jesús, entonces Dios hará flotar lo que tú haz perdido y con tus manos tu volverás a tomar, lo volverás a recuperar. Di a Él dónde perdiste tu unción, dile que fue cuando pecaste, confiésale tu pecado, nada guardes en tu corazón. Todo secreto pecaminoso es un regalo para Satanás, es una llave que le das para que entre a tu corazón cuando él quiera. Hoy el Señor quiere que le vuelvas a tomar con tu mano.

Al concluir hacemos por última vez la invitación, ora y di a Jesús: Señor, mira esta es la verdad: en esa ocasión cuando estaba en este error (nómbralo, confiésalo), perdí lo que tú antes me habías dado, pero hoy lo quiero recuperar. El Señor quiere que lo recuperes, pero para ello es necesario que le confieses a Dios tu pecado y Él te hará recuperar lo que ya no está en ti.

Que Dios te bendiga.